12 de mayo de 2012

Testimonio vocacional

Nuestro socio Eduardo Arellano Velázquez hace, desde la casa salesiana Virgen de las Nieves en la que realiza el noviciado, una entrañable reflexión personal sobre su vocación.
Publicado en la revista Auxiliadora Coronada de mayo 2012.

Mi familia siempre ha estado vinculada a los salesianos, especialmente a esta casa, la Santísima Trinidad. Mi abuelo y mis padres fueron antiguos alumnos, y años más tarde lo seríamos mis dos hermanas y yo.

Han sido 12 años los que he pasado como alumno. Durante este tiempo, sembraron en mí la fe en Jesús, la devoción a María Auxiliadora y el amor a Don Bosco. Al terminar los estudios de bachillerato y pasar a la vida universitaria, nunca llegué a desvincularme del colegio. Siempre había algo que me seguía uniendo a él.

En primer lugar, los antiguos alumnos a los que pertenecemos mi familia y yo. Siendo aun alumno, son muchos los momentos pasados en esta asociación, muchas las actividades en las que he participado y muchas las personas que he conocido y que han llegado a ser muy importantes para mí. Todo esto ha hecho que se mantuviera viva la llama de los salesianos dentro de mi familia.

La pastoral juvenil ha sido otra clave en mi vinculación con los salesianos. Estando un poco alejado de ella al principio, hubo personas que hicieron que poco a poco me fuera involucrando más y más en esta realidad tan salesiana. Me ayudaron para prepararme para recibir el sacramento de la confirmación y luego a seguir formando parte de la pastoral de una manera más activa, esta vez como animador.

El último vínculo de unión, y creo que el más importante, fue la devoción a María Auxiliadora. Desde pequeño me enseñaron a amar a la Santísima Virgen bajo la advocación de Auxiliadora de los Cristianos. En este aspecto, tiene un papel muy importante para mí la Asociación de María Auxiliadora, de la que llegué a sentirme como en una familia y a formar parte de su junta directiva como vocal del grupo joven. Fue la que hizo crecer en mí, cada vez más el amor a la Virgen de don Bosco.

En 2010 tuve la oportunidad de participar en el Campobosco, un encuentro a nivel nacional que visita los principales lugares en la vida de Don Bosco. El momento más impactante fue al entrar en la Basílica que levantó nuestro Padre en honor de la Santísima Virgen, poder contemplar el majestuoso cuadro de María Auxiliadora y poder rezar ante los restos del mismo don Bosco. Fue tal la experiencia que vivimos allí, que me llevó a dar un paso fundamental en mi vida sobre una cuestión que llevaba algún tiempo inquietándome: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Quiere que sea salesiano?

En un primer momento quise conocer el testimonio de un salesiano joven con el que estaba compartiendo esta experiencia del Campobosco, para ayudarme a entender mejor esta inquietud que estaba sintiendo. Luego decidí dar un paso importante y hablar con un amigo, al cual tengo mucho que agradecerle. Me aconsejó, me animó y me ayudó a ser valiente y no dejar caer en saco roto todo lo que estaba viviendo. Siguiendo el consejo de mi amigo hablé con mi coordinador de pastoral y pedí al Señor que me ayudara a aclarar mis ideas y a María Auxiliadora que permaneciera siempre a mi lado y me guiara en este camino.

Decidí tomarme unos días para pensar en todo esto. Durante este tiempo, hable con un amigo, el cuál conozco desde que éramos pequeños, y que ha sido muy importante siempre para mí. Compartí con él todo lo que estaba sintiendo y me dio todo su apoyo en la decisión que fuese a tomar. Todo esto me dio fuerzas a seguir pensando en ello y no desistir en el camino.

Después de pensar y rezar todo esto, de hablar con mi familia y con los salesianos responsables de las vocaciones, tome la decisión de iniciar este camino y vivir una experiencia en comunidad como prenovicio, con otros jóvenes que vivían esta misma inquietud. Mi nuevo destino era Cádiz, la casa salesiana San Ignacio. No fue fácil comunicarlo al resto de la familia y amigos por lo que pudieran pensar de mí, pero luego descubrí que no tenía razones para temer ya que me hicieron ver que estarían conmigo siempre y que me apoyarían en la decisión que tomara, fuese la fuese.

Estuve en Cádiz todo un curso discerniendo y madurando mi vocación. No fue un año del todo fácil, tanto por el cambio radical de vida que estaba llevando a cabo como por la magnitud de la decisión que debía tomar. Allí tuve la oportunidad de iniciar los estudios de filosofía y teología en el seminario diocesano San Bartolomé, donde fui muy bien acogido por todos los seminaristas, sacerdotes y profesores, y con los que actualmente sigo manteniendo una buena amistad. Ya cercano el final del curso, en el mes de Mayo –mes de María Auxiliadora–, tras discernir que es lo que quería Dios de mí, tomé la decisión de escribir la carta de petición para el noviciado. Tras pasar por el Consejo de la casa y por el Consejo inspectorial, mi petición fue aceptada.

El noviciado dio comienzo en el mes de agosto en Granada, en la casa salesiana Virgen de las Nieves donde actualmente me encuentro. Los meses se fueron sucediendo unos a otros, con ellos también las experiencias que he ido teniendo la suerte de vivir, y poco a poco ha ido madurando dentro de mí esa vocación que Dios me ha pedido y a la que me estoy preparando para así poder cumplir en todo su voluntad. Todo este camino no lo he ido recorriendo solo. He tenido como acompañante de viaje y como maestra, Aquella que Jesús puso en el camino de don Bosco para que le guiara en su misión: María Auxiliadora.

Eduardo Arellano Velázquez,
Antiguo Alumno de Don Bosco
Vía: El documento ha servido de base para una colaboración en la revista Auxiliadora Coronada de mayo 2012.

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