30 de abril de 2015

30/abr de 2015, Jueves 4º de Pascua

Vendremos a él y haremos morada en él
Dijo Jesús a sus discípulos: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».
Le dijo Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»
Respondió Jesús y le dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama, no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando lo que os he dicho».
Juan 14, 21-26

Comentario (José Joaquín Gómez Palacios, sdb) En el texto de hoy aparece la promesa de Alguien que se va a encargar de cuidar y llevar a la comunidad cristiana a la plenitud la vida ofrecida por Dios. Este «Alguien» es el Espíritu Santo. El evangelio de Juan le define como el «Paráclito». Se trata de una expresión tomada del vocabulario jurídico griego. Significa: abogado, procurador, defensor... (parakletos)
El evangelio de Juan está preocupado porque las comunidades cristianas (iglesias), que comienzan a ser numerosas, gocen de una vida espiritual rica y sostenida en el tiempo; una vida con calidad espiritual. La presencia de Dios sigue estando garantizada mediante la acción del Espíritu Santo que cuidará la calidad de vida de las comunidades.
Pero es indecoroso pensar que Dios está muy preocupado por la calidad de nuestra vida espiritual, y apelar a la acción del Espíritu en nuestro interior personal, cuando existen miles de millones de personas que no tienen garantizados los mínimos vitales para poder sobrevivir con dignidad.
Creer que Dios Padre nos envía el Espíritu para llevar a plenitud la vida nacida de la resurrección de Jesús, supone hacer una opción por ampliar esta vida a todos los hombres y mujeres del mundo, especialmente a aquellos que sufren la exclusión y no tienen «ningún defensor» (Paráclito) que haga escuchar su voz.
El educador cristiano cuida la existencia de los chicos y chicas con quienes comparte su tarea pedagógica. Se esfuerza para que la calidad de vida crezca y se desarrolle en todos sus aspectos y dimensiones.
Se convierte en «paráclito» (defensor y abogado) de aquellos que carecen de los mínimos necesarios para vivir una existencia con calidad. Dirige su mirada de predilección a los más necesitados para que tengan vida en abundancia. Se atreve a mirar la vida desde la óptica de los jóvenes.

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