19 de febrero de 2015

19/feb 2015, Jueves después de Ceniza

Cargar con la cruz y seguir a Jesús
Dijo Jesús a sus discípulos: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”.
Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?»
Lucas 9, 22-25
Comentario (José Joaquín Gómez Palacios, sdb)
La cruz ya significaba reconciliación y armonía desde tiempos anteriores a Jesús: Sus cuatro brazos son signo de reconciliación. En la cruz converge el oriente con el occidente (la vida con la muerte), lo de arriba con lo de abajo (el cielo con la tierra, lo divino con lo humano)... Cuando persas y romanos hicieron de la cruz un lugar de tortura y tormento, la simbología primitiva quedó entre paréntesis. La cruz pasó a convertirse en lugar de atroces sufrimientos.
A partir del cristianismo la cruz se convierte en símbolo del sufrimiento redentor y universal. Jesús entrega su vida en una cruz a las tres de la tarde; la misma hora en la que se ofrecía en el Templo de Jerusalén el sacrificio vespertino en remisión por los pecados del pueblo.
Para los primeros cristianos la Cruz del Maestro era símbolo de las pequeñas cruces que debían soportar los discípulos. Así como el Maestro ha reconciliado la humanidad con Dios mediante la Cruz, así debe hacer el discípulo para convertirse en lugar de armonía y paz. El discípulo debe clavar en la cruz sus defectos y egoísmos para que su vida personal y social sea un lugar de encuentro, tolerancia y solidaridad.
Leyendo el evangelio de hoy, parece como si Jesús conociera de antemano la forma y el modo en el que iba a morir.
¿Históricamente, Jesús predijo su muerte?
Jesús veía claro que no podría evitar el sufrimiento. Él no lo buscaba, pero lo veía inevitable. Si seguía adelante con su propuesta, y se mantenía firme en su predicación, tarde o temprano el conjunto de la realidad social iba a caer sobre él. En ese sentido le debió ser fácil «predecir su pasión». Ésta no sorprendió a Jesús.
Los evangelios narran repetidamente las controversias que mantuvo Jesús con fariseos y doctores de la Ley. Incluso es posible, que desde Jerusalén, -capital del judaísmo ortodoxo-, enviaran espías a Galilea para ver cómo evolucionaba el nuevo profeta que había surgido. Mertens (arqueólogo bíblico) asegura que Judas Iscariote pudo ser uno de estos enviados por el Sanedrín para seguir de cerca los pasos de Jesús. Jesús debió meditar mucho sobre su situación. Compartió esos temores con los discípulos, así como también compartió con ellos su decisión de mantenerse firme y fiel a la misión que el Padre le había encomendado.
El educador cristiano también carga diariamente con las pequeñas cruces de la vida. Pero no con actitud resignada, sino sabiendo que el sufrimiento por los demás es solidario. El educador cristiano educa a los chicos y chicas para que aprendan a integrar el sufrimiento en su esquema vital. Nuestra sociedad de producción y consumo ha intentado ocultar el sufrimiento. Pero sigue estando ahí, a la vuelta de cada esquina.
Vía Dolorosa
Con este nombre denomina la tradición cristiana a la calle de Jerusalén que recorriera Jesús con la cruz.
En este recorrido hacia el Calvario, -pequeño promontorio que se hallaba fuera de las murallas de Jerusalén-, se cita a un personaje que ayuda a llevar la cruz a Jesús: Simón de Cirene. Cirene es una región situada en el norte de África, en la zona de Libia. Existían allí numerosas colonias de judíos que peregrinaban al Templo de Jerusalén. Entre estas colonias de judíos se extendió el cristianismo.
En esta calle aparecen unas plañideras llorando por Jesús. Se trata de plañideras profesionales. Su función es la de subrayar que la muerte de Jesús se trata de una muerte real.
La tradición sitúa en este camino hacia la cruz la imagen entrañable de «La Verónica», mujer compasiva que limpió la sangre del rostro de Cristo. Sobre el paño quedó marcada la imagen del rostro de Jesús.

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