15 de abril de 2015

15/abr de 2015, Miércoles 2º de Pascua

Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya esta juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios»
Juan 3, 16-21

Comentario (José Joaquín Gómez Palacios, sdb) Nicodemo es un doctor de la Ley que admira a Jesús. Acude a Jesús por la noche porque teme a sus colegas los Maestros de la Ley, y porque tal vez espera que Jesús le revele algún misterioso secreto. Y Jesús le va a revelar tres símbolos comprensibles para un Doctor de la Ley.
Primero: La serpiente del desierto (Num 21, 4-9).
Segundo: El Padre que entrega al Hijo.
Tercero: La luz que vence la tiniebla.
La serpiente del desierto
Este primer símbolo está tomado de la cultura oriental. Los médicos antiguos llevaban un bastón, de metal o de madera, que tenía grabada la figura de una serpiente, símbolo de la vida y de poderes curativos. El Antiguo Testamento narra cómo Moisés utilizó este símbolo: Levantó una serpiente de bronce sobre un poste de madera para curar al pueblo descarriado. Las primeras comunidades vieron en la imagen de Jesús levantado en una cruz de madera, algo parecido a lo que hizo Moisés. Porque Jesús, siendo levantado en la cruz, trajo la curación y la salvación al nuevo pueblo.
Dios Padre entrega a su hijo Jesús
El segundo símbolo nos presenta a Dios como un Padre generoso que ama tanto la humanidad que no duda en entregar a su propio Hijo. Este símbolo le debió resultar difícil de entender a Nicodemo, que como buen maestro de la Ley esperaba que el Mesías se manifestara entre cataclismos celestes y signos de poder. Jesús se manifiesta en su amor por todas las personas, en su servicio al pobre, en su aprecio por los excluidos; en todo aquello que es débil, frágil y sin importancia para quienes ambicionan el poder.
La luz y las tinieblas
El símbolo de la luz que vence la tiniebla es típico en el Evangelio de Juan, porque sus comunidades estaban sumergidas en una cultura filosófica que entendía el mundo y la historia como una lucha entre el bien y el mal; entre la luz y las tinieblas. Por eso dirá en multitud de ocasiones que Jesús es la Luz que vence a las tinieblas, es decir, al dolor, la muerte, la soledad.
Los tres símbolos nos ayudan a comprender que la misión de Jesús consiste en trasformar situaciones de muerte en esperanza de vida.
El educador cristiano es «elevado» frente a los chicos y chicas para darles motivos de vida y esperanza. Y lo hace con la actitud de Jesús: ofreciéndose y entregándose, apreciando a los más débiles y necesitados. El educador cristiano se convierte en «luz» que ilumina el camino de los muchachos y muchachas. No sólo enseña conceptos, sino que guía el crecimiento, propone valores y forma con una educación integral.

La serpiente de bronce, antiquísimo símbolo de salud y curación

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